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Ibn Jaldún y
los
orientalistas
María J.
Viguera Molins
Universidad Complutense
El “orientalismo” en acción
Se trata, ahora, de evocar la actividad de los estudiosos, que
desde sus medios académicos se acercaron a Ibn Jaldún, lo editaron,
tradujeron, comentaron, analizaron.... La cuestión resulta
especialmente interesante, a partir de las relevantes y en general
polémicas exploraciones que, desde los años finales del siglo XX, se
han realizado sobre los procedimientos y estrategias del
orientalismo, según, y sobre todo, podemos encontrar en obras, bien
conocidas, de
J. Waardenburg, de M. Rodinson, de H. Djäit...y de E. Said, cuyo
candente e imprescindible libro Orientalism, publicado por
primera vez en 1978, fue traducido al español por M.L. Fuentes,
dentro de la colección “Ensayo Ibn Jaldún”, denominación que ahora
recordamos por dar, desde el principio, una pista más sobre la
visión prestigiosa que desde los medios académicos del orientalismo
y sus aledaños se difunde acerca del gran historiador magrebí-andalusí del siglo XIV,
convertido en neta alusión intelectual; el director de esa colección
es J. Goytisolo, que así destacaba también a Ibn Jaldún.
Como todo el mundo sabe, el libro de Said desvela algunos rasgos y
claves del orientalismo francés e inglés especialmente, desde el
siglo XIX, y luego del norteamericano, desde la segunda mitad del
XX, considerados como prototipos de un ejercicio orientalista que es
a la par
“una realidad cultural y política”, y que resulta “un filtro
aceptado que Oriente atraviesa para penetrar en la conciencia
occidental”, siendo que
Oriente es para Occidente “su contrincante cultural y una de sus
imágenes más profundas y repetidas de lo Otro. Además, Oriente ha
servido para que Europa (u Occidente) se defina en contraposición a
su imagen, su idea, su personalidad y su experiencia”.
Cuestiones que también bordó J.P. Charnay, Les Contre-Orients ou
comment penser l’autre selon soi.
Estas facetas del discurso orientalista (que, como todo “texto”
depende de su “contexto”, en este caso: de la historia y de las
estrategias de Occidente sobre Oriente, a cuyo
análisis volvió en 1993 el mismo Said en Culture and Imperialism),
resulta ya evidente en el primer arabista que se ocupó con bastante
amplitud y hondura de Ibn Jaldún: el francés Silvestre de Sacy
(1757-1845) que empezó por lanzarse a los propios escritos
jalduníes, editando y traduciendo pasajes en sus “Extraits des
Prolégomènes d’Ebn Khaldoun”, y dedicándole una importante entrada
(“Ibn Khaldoun”) en la magna serie de la Biographie universelle.
Said dedica a De Sacy uno de sus más extensos exámenes sobre un
orientalista concreto y le reprocha, con dialéctica brillantísima
pero, según creo, en esta ocasión de forma demasiado genérica, su
dedicación a las antologías, que “encubrían la censura que los
orientalistas ejercían sobre Oriente”, aunque apunta que los
fragmentos exhumados por De Sacy, dieron el material a
construcciones históricas como la de Caussin de Perceval, Essai
sur l’histoire des arabes..., y entre otros los textos de Ibn
Jaldún “en los que Caussin confiaba mucho”.
¿Fue Ibn Jaldún descubierto por el orientalismo?
El recién destacado De Sacy no fue, sin embargo, el primer europeo
que mencionó a Ibn Jaldún, pues éste aparecía ya en una serie de
“enciclopedias”, al menos desde la Bibliothèque Orientale de
B. d’Herbelot, y sobre todo en otras de principios del siglo XIX,
como la Encyclopedische Übersicht der Wissenschaften des Orients
de J. von Hammer, el Dizionario storico degli autori arabi piu
celebri de G.B. de Rossi, y otros productos del inicial
enciclopedismo decimonónico en su vertiente orientalista.
Pero más aún,
así establecida con total razón la fama intelectual del gran
Ibn Jaldún, el orientalismo desde el XIX
está jalonado por acciones erudito-admirativas sobre él, como las
que, y entre otras más esporádicas, se hallan en publicaciones con
referencias esenciales de Garcin de Tassy (1824), C. de Montbret
(1824), F.E. Schulz (1825 y 1828), J. G. de Hemsoe (1832), G. Flügel
(1838), el Barón De Slane (desde 1844), G. di Asti Arri (1840), N.
des Vergers (1841), J. Tornberg (1844), el citado
Caussin de Perceval,
M. Amari (1857), R. Dozy (1869), E. Mercier (1875), A. von Kremer
(1879), F. Pons Boigues (1898)... en una labor considerable de
localización de manuscritos, de traducción, de edición, de
aprovechamiento arabista de sus datos... entre todo lo cual caben
destacar traducciones de la magna “Historia Universal” o “Libro de
las experiencias” (Kitab al-´ibar) de Ibn Jaldún, con su
preliminar de los “Prolegómenos”, con su final de la “Autobiografía”
y partes históricas de su Histoire des berbères et des dynasties
musulmans de l’Afrique septentrionale, todo ello traducido y/o
editado por De Slane, con ediciones (de los “Prolegómenos” por
Quatremère) y traducciones, totales o parciales, mientras se
acumulaba la bibliografía, intensificada desde la segunda mitad del
siglo XX... de lo cual, siendo tanto, existen incluso recuentos
bibliográficos, mencionados por A. al-Azmeh,
en su básico libro Ibn Khaldun in Modern Scholarship. A study
in Orientalism, y por F. Estapé, en su preciosa aportación
Ibn Jaldún o el precursor .
Las cantidades de bibliografía orientalista sobre Ibn Jaldún son
impresionantes, y también la intensidad admirativa por su
contribución, de modo muy especial por los en verdad geniales
“Prolegómenos” (al-Muqaddima). Puede decirse que el
orientalismo descubrió a Ibn Jaldún como pensador excepcional, y lo
cultivó y sigue cultivándolo con delectación, aunque este hallazgo
occidental europeo fue en realidad un redescubrimiento, ya que el
primer encuentro con el gran historiador se produjo dentro de su
misma cultura araboislámica, como no podía ser de otra manera, donde
fue enjuiciado y admirado por contemporáneos y discípulos próximos
como Ibn ´Ammar, Ibn Hayar y al-Maqrizi que
de los "Prolegómenos" dijo que eran "la flor y nata del saber",
donde los manuscritos de sus obras eran difundidos con todo aprecio
y adquiridos con especial afán, como ocurrió en la biblioteca
palatina sa´dí del Magreb, y fue consultado y mencionado por
escritores del siglo XV de la talla de al-Qalqasandi y al-Sajawi,
del XV-XVI como al-Suyuti, del XVII como al-Tunbukti, o al-Maqqari,
que dedicó un comentario a la obra jalduní; por citar sólo algunos
ejemplos, además del seguimiento y copia que el alfaquí Ibn al-Azraq
(Málaga, 1428-Jerusalén, 1491) realizó de los “Prolegómenos” en su
libro Bada’i´al-silk. También dentro de la cultura islámica,
destaca el plurifacético interés de los estudiosos turcos por Ibn
Jaldún, cuyos
"Prolegómenos" empezaron a traducirse al turco desde 1674, versión
completada por M. Sahib y A. Jevder, como también varias partes
históricas de la "Historia Universal" fueron traducidas por S.
Basha. Atención descollante, pues, dentro de la cultura árabe y en
general islámica, sobre Ibn Jaldún que llega hasta nuestros días.
Es decir, que la atención admirativa sobre Ibn Jaldún comienza
desde su misma época, dentro de su propia esfera cultural, y llega
hasta la cultura mundial a través de la actividad, condicionada pero
básica del orientalismo, de modo que el genial historiador accede a
“la
lista gloriosa de los hombres geniales que han sido los
‘precursores’, próximos o lejanos, del moderno edificio de las
‘ciencias humanas’. Y, finalmente, respondiendo como un eco al
discurso occidental, poco a poco se desarrolla y eleva, ampliándose
siempre, un discurso araboislámico sobre Ibn Jaldún, febrilmente
reapropiado”: ¡qué bien lo caracteriza A. Cheddadi!, de quien
procede este párrafo, tomado de su presentación a su traducción de
la
"Autobiografía";
en él, y entre otros síntomas que durante el siglo XX han ido
ocurriendo en torno a Ibn Jaldún, viene a indicar su salto
incuestionable a la universalidad, acerca de lo cual añadiremos algo
a continuación.
La fama ultra-orientalista de Ibn Jaldún
La fama de Ibn Jaldún es plurifacética, encomiado como historiador
completo, filósofo novedoso, precursor de la Sociología, patriarca
de la Antropología, referente de economistas, puntal de avanzadas
ideas, modelo intelectual. Es uno de los privilegiados por un
prestigio que supera los límites de los especialistas, en este caso
del mero orientalismo, para convocar la atención de otros círculos
académicos... e incluso de intelectuales y de lectores en general.
En este sentido, es lógico y valioso que una gama amplia de
estudiosos, más allá del orientalismo, se hayan acercado a Ibn
Jaldún y destaquen sus aportaciones, así por ejemplo W. Gates
tratando del clima y la cultura , J. Sprenger y A. Toynbee en sus
grandes y respectivas síntesis histórico-culturales, F. Oppenheimer
o E. Gellner en sus análisis sociológicos... y ni siquiera la
biología ha dejado de fijarse en Ibn Jaldún, como muestra algún
estudio de J. Lauer. Repasar todo esto podría ocupar centenares de
páginas, y por tanto resumiré, sólo en dos direcciones: el
acercamiento a Ibn Jaldún de tres eximios intelectuales españoles y
las aproximaciones desde la economía.
En efecto, es muy revelador que tres intelectuales españoles de la
categoría de José Ortega y Gasset, Julio Caro Baroja y Julián
Marías dedicaran, en pleno siglo XX, una llamativa atención a Ibn
Jaldún: Marías, en 1961, muy en la línea de su maestro Ortega,
apostilló la brillante teoría jalduní de los ciclos generacionales
que producen cambios decisivos en el proceso histórico, en un denso
artículo sobre “Las generaciones en Abenjaldún”; Caro Baroja abordó
desde la mirada jalduní varios aspectos antropológicos en una serie
de estudios que acabaron reproducidos en sus Estudios Mogrebíes,
tratando de “Aben Jaldún y la ciudad musulmana”, “El Poder Real
según Ibn Jaldún”, “Aben Jaldún y el gran círculo cultural islámico”
y “Las instituciones fundamentales de los nómadas, según Aben
Jaldún”; y
Ortega y Gasset, en
"Abenjaldun nos revela el secreto" ofreció su vivaz experiencia
sobre Ibn Jaldún, que siempre me ha deslumbrado: “Abenjaldún es una
mente clara, toda luz....”.
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